El número uno y el técnico, de caracteres antagónicos pero bien complementados, cierran un exitoso viaje de siete años que exigía de orden y libertad a dosis iguales

Aunque todavía le acompañe el diminutivo, Alcaraz es cada vez menos Carlitos —apelativo cariñoso que él todavía agradece— y cada vez es más Carlos. Es decir, va haciéndose mayor. Viaje en paralelo: descubriendo y descubriéndose. El murciano ya no es ese adolescente que empezó a escudriñar hace casi una década el trazado hacia la élite desde la ingenuidad y a bordo de un coche, con Juan Carlos Ferrero al volante por las carreteras de aquí y allá, de aquellas “panzadas” por Brasil a la irrefrenable ascensión posterior. Sueño cumplido: la cima, el número uno, la estrella de hoy. Sin embargo, todo se acaba. Uno y otro separan sus caminos. Lo confirma ahora el tenista, de 22 años y con 24 trofeos...

ya en el bolsillo, seis de ellos grabados en letras doradas: “Tras más de siete años juntos, Juanki [45] y yo hemos decidido poner fin a nuestra etapa como entrenador y jugador”.

Después de un curso excepcional, como número uno y a las puertas de otra temporada en la que seguirá batiéndose con el italiano Jannik Sinner por el liderazgo del presente, Alcaraz cierra un ciclo y agradece sobremanera al preparador el haber convertido “los sueños de niño en realidades”, así como el hecho de haberle hecho crecer “como deportista y, sobre todo, como persona”. Atrás queda ya el haber “disfrutado del proceso”. Pilla la noticia (ruptura) al contrapié de puertas afuera, también en las interioridades del circuito, donde muchos se llevan las manos a la cabeza y se preguntan: ¿Por qué tocar lo que tan bien funciona? ¿Por qué ahora? ¿Y por qué ese “me hubiera gustado seguir” tan resonante en el comunicado posterior de Ferrero?