El Estado africano acoge a 1,9 millones de desplazados y unos 600 llegan cada día para asentarse. El sistema de acogida se encuentra “al límite”, según la ONU
Cuando Luka Otim Malech se enteró de que su familia se había quedado sin la ayuda alimentaria para los refugiados, en julio de este año, decidió inmediatamente arrendar unas tierras para empezar a cultivarlas. Este refugiado de 37 años huyó de Sudán del Sur a Uganda con su familia en 2016, cuando estalló la guerra. Desde entonces, él y sus seis hijos habían sobrevivido gracias a la ayuda alimentaria en Bidi Bidi, uno de los tres campamentos de refugiados más grandes de Uganda, situado en el distrito de Yumbe, al norte del país, y que alberga a más de 209.000 personas; pero, en julio de este año, la ayuda que él recibía se interrumpió.
“Me di cuenta de que tenía que encontrar una forma de conseguir comida para mi familia en un país extranjero”, dice Malech, que está clasificado en la categoría tres, la de los “menos vulnerables”, que han dejado de recibir alimentos. “Cultivar la tierra fue lo primero que se me ocurrió, porque ya lo había hecho en mi pueblo de Sudán del Sur antes de que estallara la guerra”, cuenta este hombre, afectado por los recortes a la ayuda internacional en 2025.







