La reducción de fondos de cooperación de grandes donantes golpea a crisis humanitarias como la de Sudán, donde los refugiados se enfrentan a la escasez de medicamentos, al hambre diaria y a las escuelas cerradas
Maydeen Mohamed Adam observa en silencio a su madre, Khaliya, por encima de la valla de cañas y ramas secas que separa las dos viviendas familiares, contiguas e igual de humildes. Ella habla de él: de cómo decidió marcharse a Europa, de cómo fue maltratado en Libia, de cómo cruzó el Mediterráneo en patera, llegó a Alemania y fue deportado de vuelta a Sudán. Maydeen era “normal” cuando se marchó, pero regresó convertido en otra persona. “Tiene una enfermedad mental”, explica su madre, mostrando la foto de la medicación que debe tomar diariamente: un tratamiento para la esquizofrenia y los brotes psicóticos. “Es muy cara y no podemos comprarla”, susurra.
La mujer siempre habla muy bajito y con el rostro medio cubierto por su hiyab, con el que se seca unas lágrimas que, sin embargo, no son solo por su hijo enfermo, sino por su marido, que falleció hace seis meses. “Era diabético; aquí tampoco pudimos encontrar su medicación”, resume. En ambos casos, la salud de padre e hijo se ha visto condicionada por decisiones tomadas a miles de kilómetros por una persona: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.






