Uno de los rasgos más amargos del trágico destino de El Fasher, capital de Darfur Norte, es que se ha gestado despacio, a la vista de todos, sin que apenas nadie se haya movilizado para evitarlo. Desde que comenzó la guerra en Sudán entre el ejército y las paramilitares Fuerzas de Apoyo Rápido, hace más de dos años, casi todos los grandes avances de estas últimas se han consumado en ofensivas relámpago arrolladoras. El Fasher ha sido una excepción. Pero, desde agosto, se enfrenta a ataques muchos más violentos que ponen en peligro a los 260.000 civiles, la mitad niños, que están atrapados allí. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) ha alertado del riesgo de hambruna y exige a los actores armados, que han bloqueado su acceso por más de un año, permitir la entrada de ayuda humanitaria.
Uno de los mayores signos de desgaste de la defensa de la ciudad es el campo de desplazados de Abu Shuk, en el noroeste de El Fasher. El lugar ha sido uno de los más castigados por los bombardeos paramilitares, y sus últimas incursiones han sido las más profundas y letales. La mitad norte del campo, la más vulnerable a sus ataques, se ha quedado prácticamente desierta.
“Ahora hay grandes oleadas de desplazados”, señala, en condición de anonimato por motivos de seguridad, un miembro de la unidad de respuesta de emergencia de Abu Shuk, un grupo local de ayuda mutua. “La mitad [de la gente] ha escapado hacia Tawila [una ciudad a unos 60 kilómetros], y el resto está siendo arrestado, algunos asesinados y otros desaparecidos”, indica.






