Las mañanas de Sarah Mohamed solían comenzar con el afectuoso caos que era criar a sus hijos en Kordofán del Norte, al oeste de Sudán. Barría la casa, preparaba el desayuno y cuidaba de su marido y sus hijos. Era una vida dura, pero era suya y ella era feliz. Hace cinco años, después de varia semanas de sentir cada vez más fatiga e hinchazón, el médico le dio a Mohamed una mala noticia: sus dos riñones habían dejado de funcionar. El ritmo diario de esta madre de familia de Kordofán del Norte, al oeste de Sudán, quedó sustituido de repente por visitas al hospital, agotamiento y una lucha constante por sobrevivir.
Tras el diagnóstico, Mohamed, de 55 años, empezó a recibir en el Centro de Diálisis Jumaih, en Kordofán del Norte, tres sesiones semanales de diálisis que le ayudaban a recuperar la energía que necesitaba.
“Cuando estalló la guerra, pasó a ser difícil incluso acudir a dos sesiones, pero luego se quedaron reducidas a una sola, por la escasez de líquidos y tubos de diálisis”, ha declarado a EL PAÍS en una entrevista telefónica. “Estoy agotada todo el tiempo y siento el cuerpo más débil cada día. A veces me despierto con el miedo de no llegar a vivir lo suficiente para ver crecer a mis hijos”.






