Hoy, en el Día Mundial de la Asistencia Humanitaria, me encuentro reflexionando en el epicentro de una de las crisis humanitarias más complejas del mundo. Desde que el conflicto estalló hace más de dos años, en abril de 2023, Sudán se ha sumido en la catástrofe, dejando a más de 15 millones de niños y niñas con necesidad de asistencia humanitaria.
El hambre, la enfermedad y la violencia se han convertido en amenazas diarias. Las familias han sido desarraigadas muchas veces; millones de personas han huido o se encuentran desplazadas internamente. Un gran número de escuelas ha cerrado. Hay hospitales y centros de salud que han sido destruidos. Y, sin embargo, en medio de la destrucción, los trabajadores humanitarios siguen acudiendo a dar asistencia.
He trabajado en emergencias antes, pero Sudán es diferente. La tremenda complejidad de la crisis, la magnitud del desplazamiento humano y el colapso de los servicios básicos han creado una tormenta perfecta de sufrimiento para los niños y niñas.
He conocido y hablado con niños a quienes un bombardeo interrumpió de manera brutal su partido de fútbol, y cómo, en un instante, perdieron a hermanos y amigos. He visto sus hematomas, vendajes y muletas, y cómo el traumático incidente dejó heridas invisibles más profundas que probablemente los atormentarán toda la vida.






