Un golazo del francés rompe el empate y quiebra al equipo de Corberán, que fue mejor durante una hora

La finura siempre ganó partidos. Y Antoine Griezmann la conserva, aunque sea ya en ese rol de veterano resabiado que enfila el final de su carrera. Un gesto técnico exquisito le dio la victoria al Atlético ante un Valencia pintón que había sido mejor hasta ese momento y se sentía fuerte con el empate a uno en el marcador. Romper al espacio para recoger un medido pase de Pubill, pinchar la pelota y coserle un violento zurdazo para el 2-1 fue la muesca que acabó con el buen partido que hasta el momento había estampado el Valencia. Una hora larga en la que el Atlético corrió mucho detrás de la pelota, la tocó poco y cuando la tocaba era previsible y pastoso.

En el arreón final al que se vio obligado el Atlético para no incurrir en otro tropiezo que le hubiera desolado, Griezmann fue toda una revolución. Su majestuosa acción estuvo impregnada de chispa y rapidez mental, que es su otro fuerte porque las piernas ya no le vuelan. Cuando está fino aún tiene mucho que dar. Ya resolvió otro duelo complicado en el Metropolitano ante el Levante con dos goles.

Griezmann fue el que resquebrajó y castigó a ese Valencia que jugó sin complejos. Corberán es otro más de la ristra de técnicos obligado a sobrevivir con lo poco que la propiedad le ofrece. Para la visita al Metropolitano armó un equipo con buenos peloteros en el manejo como Pepelu y Almeida, abrochados a su espalda por el físico Ugrinic. Y fue el Valencia el que salió más activado. Dispuesto el equipo de Corberán a ir a buscar al Atlético a su área. Y pudo tener premio a los 20 segundos, a la primera que presionó y forzó un error en el pase de Giuliano que recogió Hugo Duro un tanto escorado. Sin mucho ángulo, el atacante valencianista hizo lo que tenía que hacer ante la salida de Oblak. Picó la pelota y esta cayó suave sobre la parte superior del larguero.