En prisión no hay un solo ‘alumno tipo’: el aula es un mosaico heterogéneo que va de la alfabetización básica a la universidad, y cada progreso se abre paso entre desigualdades, interrupciones y necesidades urgentes

Cientos de vidas puestas en pausa. Esa es la sensación intangible que empieza a formarse en la cabeza al traspasar los muros del centro penitenciario de Zuera, en Zaragoza, una mañana cualquiera de este otoño que empieza a mostrar las garras del frío que aún está por llegar. Allí pagan por los delitos cometidos y buscan, mientras cumplen su condena, una forma de enderezar sus vidas; pero no es nada fácil, porque a veces las circunstancias que los empujaron a delinquir (la falta de esperanza, el consumo de drogas) siguen a menudo presentes entre rejas. El esfuerzo es notorio, pero el objetivo no es imposible, y muchas veces se articula desde el espacio en el que un día comenzó a torcerse: el aula de una clase.

Las historias que cuentan parten a menudo de hogares rotos e infancias llenas de carencias personales, materiales y emocionales. Años en los que cualquier niño debería sentirse a salvo, pero que para muchos de ellos fueron el origen de un desajuste que tardaron demasiado en entender. No es una excusa; es el punto de partida. Falta de afecto, cambios bruscos de entorno, pérdidas tempranas, amistades equivocadas. Una cadena de pequeñas grietas que, con el tiempo, acaba abriendo un hueco por el que uno se cae sin darse demasiada cuenta.