Madrid no carece de ideas. La apertura de patios y bibliotecas por las tardes, las actividades extraescolares, también en días no lectivos y vacaciones suenan bien, avanzan hacia lo ya experimentado en otros países para mejorar las oportunidades del alumnado. No obstante, el proyecto Patios Abiertos presenta profundas fisuras y corre el riesgo de quedarse en una promesa inflada, cuyo impacto queda en nada. Como tantas veces en la educación madrileña, la escasa financiación es un lastre. El Gobierno regional va a destinar solo 4,8 millones de euros para que participen 300 centros públicos, de los 900 de la región.

Con ello, la cobertura será parcial porque hay ayuntamientos que no se van a incorporar al no podérselo permitir, ya que tienen que adelantar el presupuesto y hacerse cargo de los sobrecostes en el caso de que estos se produzcan. Hay un serio riesgo de que los beneficios lleguen a muy pocos. También de segregación en los propios centros con usuarios de primera o de segunda, según puedan o no permitirse los menores las actividades extraescolares. Es decir, si no se corrige, lo más probable es que se amplíe la desigualdad y los desequilibrios regionales ya existentes.

Estamos ante una iniciativa con un enorme potencial. Bien diseñada, financiada y ejecutada podría ser una herramienta poderosa para recortar desigualdades y avanzar en equidad. Los resultados de la aplicación de este tipo de programas ratifican que amplían oportunidades de aprendizaje, mejoran el clima escolar y contribuyen a recortar el abandono educativo, además de ser una ayuda para la conciliación de las familias. Podría ser una política transformadora que ataje problemas estructurales del sistema educativo madrileño.