Junto con los veteranos, verdadera proyección de Guardiola, el goleador noruego lidera la travesía del equipo hacia la grandeza perdida

El partido de Premier celebrado el 2 de noviembre en Craven Cottage —donde el Támesis describe una curva redonda y hermosa— reflejó mucho más que una situación. Fue el retrato de una era. La era del desafío más grande que ha afrontado Pep Guardiola como entrenador, empeñado como está en volver a llevar al Manchester City a la cumbre del fútbol...

europeo cuando la maquinaria da señales de haber alcanzado su punto de obsolescencia sin que las piezas que se suponía que debían renovarla tengan la calidad de las ya gastadas.

El City se puso 0-3 en una exhibición de juego elaborado de punta a punta del campo. Pero el Fulham respondió 1-3 y entonces el City experimentó la clase de convulsión que aqueja a los equipos que padecen algún trauma. Primero se encolerizó. Hizo el 1-4 y el 1-5, y luego fue incapaz de presionar para defender su ventaja, de modo que sus jugadores comenzaron a sentirse inseguros ante las pérdidas de balón y acabaron metidos en su campo, ahí donde su defensa es más vulnerable. El Fulham hizo el 2-5, el 3-5, el 4-5... Cuando el árbitro pitó el final, la tormenta casi había hecho olvidar una proeza individual. Haaland, autor del 0-1, acababa de convertirse en el futbolista más rápido de la historia de la Premier en anotar 100 goles. Le bastaron 111 partidos. Trece menos que Alan Shearer, su predecesor en el Gotha de los artilleros de las Islas, autor hace tres décadas de 100 goles en 124 partidos.