Asociado a Rodri, el portugués propicia la remontada ante el Liverpool (2-1) y evita la escapada del Arsenal
Hacían cola Cherki, Dias, Rodri, Semenyo y media plantilla para abrazarse a Erling Haaland, autor del penalti que adelantó al Manchester City en el minuto 93 de un partido estrepitoso. La felicidad los arrebataba, sobre todo al noruego, vociferante, desmelenado, alzando el puño ante la hinchada citizen congregada en el fondo visitante de Anfield. Quedaban 13 jornadas por disputar en la Premier. “Una eternidad”, según Guardiola. Dio igual. Sus jugadores celebraron la victoria ante el Liverpool con la vehemencia con que se festejan los triunfos decisivos. El 1-2 de Haaland puso fin a cinco visitas estériles al campo del gran adversario de la década y remontó en los últimos minutos un 1-0 adverso que habría dejado al City prácticamente fuera de la carrera por alcanzar al Arsenal. Ahora, tras el paso por el desfiladero y con el Arsenal todavía a seis puntos de distancia, el City se siente fortalecido para proseguir una persecución desesperada.
El City se reconstruye por el camino. Viene dando tumbos. Lo dijo Guardiola el viernes. El equipo no ha alcanzado el máximo nivel, el punto que asegura el asalto a los títulos, ese estado de solvencia que se relaciona más con la continuidad en la excelencia que con los momentos esplendorosos. Este City, como sabe su entrenador, está superpoblado por jóvenes inexpertos. Demasiados. Así saltó al campo en Anfield. Con Nunes, Khusanov, Guéhi y Aït-Nouri en defensa. Con O’Relly, un pimpollo, en el mediocampo. Con Marmoush arriba y Semenyo de falso extremo. Una colección de muchachos que no se han visto en otra, metidos en un cuadrilátero incandescente, con la presión de ganar para que el Arsenal, que el sábado había triturado al Sunderland, no se les escapara a una distancia sideral.










