Una mariposa vuela en Burbank y en Móstoles a alguien le toca apuntarse al SEPE

A veces —no demasiado, también tengo que decirlo— añoro los tiempos en los que los trabajadores del audiovisual teníamos a casi todos nuestros amos a la distancia de un látigo, por seguir usando el mismo campo semántico. Cuando la televisión generalista mandaba en el sector, nuestras seri...

es y programas se caían a plomo después de dos emisiones si no pasaban el corte de la audiencia; nos quedábamos sin trabajo de un día para otro después de haberlo dado todo por un proyecto, pero al menos uno tenía la sensación de que ese abrupto despido venía refrendado por el espectador. Trampa, claro: la cadena lo fiaba todo al corto plazo y era el productor quien, para minimizar su riesgo, pegaba la producción a la emisión todo lo que podía, por eso una serie empezaba a emitirse cuando aún quedaba mucho para el fin de su rodaje. Pero, al fin y al cabo, si desde sus casas la gente veía lo tuyo, te salvabas de la quema.

Desde que trabajamos tanto para grandes plataformas norteamericanas —y ni siquiera tenemos datos auditados de audiencia—, es fácil sentirse como el súbdito de una colonia lejana al que educan en un sentimiento de pertenencia que solo es real en la teoría. Tiene sus ventajas ser cola de león, en difusión y en producción, pero a menudo no somos más que un peón cualquiera de un tablero lejano, sacrificable en cualquier momento en aras de una estrategia ajena. Cataclismos corporativos a miles de kilómetros de distancia provocan la cancelación inmediata de proyectos. Bailes de directivos en despachos que ni olemos desencadenan un efecto dominó que tiene como última consecuencia aún mayor incertidumbre laboral para los trabajadores del sector en todo el mundo. Una mariposa vuela en Burbank y en Móstoles a alguien le toca apuntarse al SEPE.