Las encuestas no dan un claro ganador en la elección del domingo. En un país donde la sombra del narcotráfico es alargada, la pobreza, la corrupción y la violencia no dan tregua y el ejército es omnipresente

Los Jucos es el espejo donde se refleja la cara de la Honduras que lidia con sus demonios: la pobreza, la violencia, la sombra del crimen y la omnipresencia militar. “¿Ustedes andan en carro?“, cuestiona un vecino. ”Es que esta parte es segura, pero dos calles más allá no les recomiendo pasar", dice al lado de un vehículo con un cártel elocuente: “Se buscan LADRONES. Recompensa: 30.000 lempiras (cerca de 1.000 euros)”. Es la cotidianidad de una gente que el domingo está llamada a votar en una elección muy reñida entre la continuidad de la izquierda que representa Rixi Moncada, el cambio que reclama Salvador Nasralla o a la vuelta a la derecha de la mano de Nasry Tito Asfura, el apadrinado de Donald Trump. En este barrio de Tegucigalpa, cuyo nombre en jerga hondureña significa desaseado o sucio, la elección del domingo se vive con lo único a lo que los hondureños más desafortunados se aferran: la esperanza de que algo cambie para bien.

Porque Los Jucos ha sido siempre protagonista de malas noticias. Cuando las lluvias torrenciales del trópico descargan su furia en esta ciudad y bajan en forma de torrentes de barro de sus laderas y montañas, los vecinos de este barrio capitalino engordan las listas de damnificados. Todo se inunda y hay que comenzar de nuevo. Por eso Laura Rivera, de 36 años, asegura que votará a Libre, el partido del oficialismo de la presidenta Xiomara Castro, porque, dice, el Gobierno no los ha desamparado: entrega a esta gente 7.000 lempiras, unos 230 euros, en ayudas. “Se llama bono climático y nos lo dan a las personas que somos afectadas por la quebrada. Si ve esas casas que están ahí, eran inundaciones completas”, dice la mujer al señalar las viviendas frente a su casa. “Todo se perdía. Ahorita el Gobierno está entregando el bono porque, por el tiempo de las lluvias, anotaron a las personas y fuimos beneficiadas”, explica. Para los opositores, se trata de clientelismo. Y para quienes votan a la derecha, un derroche de dinero público para asegurar el voto.