Publico este artículo a las puertas del quirófano y, aunque no espero morirme, aprovecho la tensión para elaborar unos últimos deseos

Ahora mismo me están rajando el corazón. He publicado este artículo hace un par de minutos, a las puertas del quirófano. Después de varios años despertándome de madrugada con el corazón fibrilando, mis cardiólogos decidieron por mí y me están quemando las venas pulmonares. Al parecer, en tres horas me habrán dejado el corazón bien niquelado, humeante y firme. ¡Qué cosas!...

Aprovecharé ese estadio entre la vida y la muerte para reunirme con algunos de los personajes literarios que maté inmisericordiosamente: Emilio, Octubre, Odisto… Y abrazaré el aire buscando a Martina mientras el narrador nos pone de fondo Iris, de Wim Mertens. No tendré tiempo de ver a nadie más, salvo a alguno de mis abuelos y a Saramago. Le comunicaré que quiero ir a Lisboa a tatuarme su perfil en el costado derecho, y que espero que Pilar me acompañe y me dé la mano, pues no me gustan mucho las agujas —y eso que ahora mismo, según intuyo, una muy larga está atravesándome el septo: la pared central y poética del corazón—.

A decir verdad, no tengo previsto morirme, y es casi imposible que esto suceda hoy. Soy muy dramático. Pero como espero no tener que verme en otro quirófano a corto plazo, tengo que aprovechar esta tensión y elaborar unos últimos deseos, no vaya a ser que, de tanto horadarme las paredes del corazón, los alambres me liberen la vida. Os desgajo el testamento: