La reducción de la tolerancia al infortunio no puede resolverse con psicofármacos diseñados para enfermedades graves

He convivido durante años con alguien hundido en la depresión profunda. Ese oscuro privilegio que te obliga a ver de cerca cómo una enfermedad devora a quien quieres, te vacuna para siempre contra la banalización del sufrimiento mental. Solo por eso me atrevo a escribir lo que sigue.

Necesitamos más profesionales de la psicología, más investigación, más recursos. La salud mental es la gran crisis silenciosa de nuestro tiempo. Y, precisamente porque lo es, debemos tener el coraje, hilando tan fino como sea necesario, de afrontar la excesiva medicalización que conduce a la patologización de la propia vida.

El psiquiatra Guillermo Lahera, jefe de psiquiatría del Hospital Príncipe de Asturias, lo describe en su libro Las palabras de la bestia hermosa: breve manual de psiquiatría con alma con una precisión lacerante: jóvenes que llegan a urgencias con autolesiones tras un suspenso en matemáticas, una pelea con su madre, una ruptura amorosa; simples frustraciones de la vida cotidiana. “No puedo más, me quiero morir”.

La tristeza, la rabia, la decepción, la amargura o la desolación no son síntomas, son las emociones que tejen nuestras vidas. Convertir el malestar cotidiano en trastorno clínico no alivia el sufrimiento humano, sino que colapsa los sistemas de salud mental y deja sin atención a quienes verdaderamente la necesitan. Vivir duele: ¿en qué momento hemos dejado de ser conscientes?