Impulsar la donación en personas que están en las últimas etapas de su vida es una de las nuevas estrategias de la Organización Nacional de Trasplantes para mantener a España como líder mundial

Los últimos pitidos del monitor cardíaco de Ana Segundo Urbano todavía resuenan en las cabezas de sus padres, Puri y Salvador. Hasta ese piii final que indicó que el corazón de su hija había dejado de latir tras haber recibido una eutanasia que puso fin a años de sufrimiento. Pero esos sonidos adquirieron un matiz distinto cuando el coordinador de trasplantes del Hospital Gregorio Marañón de Madrid les hizo llegar la carta que había recibido de la persona que ahora tenía en su pecho el corazón de Ana.

“Oímos el pitido final, pero no el que sonó cuando comenzó a latir de nuevo en otro quirófano”, relata Puri. El de la persona que a través del médico ―los donantes no pueden saber a quién van sus órganos ni viceversa― les dijo: “Tengo el corazón de vuestra hija y estoy vivo por eso”.

Desde que la ley de eutanasia entró en vigor, en 2021, han donado órganos 154 personas que recibieron ayuda para morir dignamente, lo que ha beneficiado a 442 receptores. “No es solo que beneficiamos a los pacientes”, dice Beatriz Domínguez-Gil, directora de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), “también es positivo para las familias [de quienes reciben la eutanasia]”.