Son de las palmeras más cultivadas en España y en el mundo, y, una vez establecidas, se manejan a la perfección en un completo abandono, pues saben sobreponerse tanto a veranos secos y rigurosos como a las bajas temperaturas

Las palmeras poseen la elegancia de lo sencillo: un tronco poderoso, o quizás más grácil, coronado por un penacho de atractivas hojas que se mueven con la brisa. Cada especie de palmera tiene su propio garbo, una personalidad que la hace reconocible entre las demás. A un ojo poco entrenado, muchas de estas plantas le parecerán iguales, pero con tan solo algo de atención que se les preste surgirán las diferencias, apreciables, por ejemplo, en su tronco —llamado correcta...

mente estípite—, cada uno con su forma y color diferente al resto.

Las washingtonias son de las palmeras más cultivadas en España y en el mundo. Dos son las especies de este género, aunque después se verá que su clasificación actual es un poco más enrevesada. Hablaremos de Washingtonia filifera —de estípite ancho y de altura que no suele sobrepasar los 20 metros— y de Washingtonia robusta —de estípite esbelto, fino y muy alto, que alcanza incluso los 30 metros—. Dependiendo de las publicaciones, a veces se nombra un híbrido surgido entre estas dos especies, la denominada Washingtonia x filibusta. Todas estas palmeras proceden de California, en Estados Unidos, y de Baja California y Sonora, en México. En aquellas tierras, las washingtonias a menudo disfrutan de la vecindad de cactus de todo tipo y ralea.