Pese a tener un millón de árboles en su parque forestal, el mayor de una ciudad de EE UU, la urbe apenas invierte en su arbolado

Resulta casi imposible de imaginar. El cine, las series y la ilusión siempre nos han hecho ver a Los Ángeles como una ciudad de palmeras. Largas calles con altísimos y oscilantes árboles a cada lado, playas decoradas con ellas, elegantes hoteles rodeados de sus brillantes hojas, hamburguesas y batidos en descapotables adornados por su sombra... o no. Porque ahí está buena parte del problema: en la sombra. Las palmeras, estilizadas y estéticas, apenas generan frescor, algo que resulta, más que incómodo, terrible en épocas de cambio climático. Pero, además, las palmeras son caras, de plantar y de mantener, siempre sedientas. Y, para más inri, están en peligro de extinción en la ciudad. Porque,...

sorpresa, no, las palmeras no son árboles endémicos californianos. En esta ciudad de inmigrantes, hasta las palmeras lo son.

Aunque se hayan adaptado más que bien al dulce clima del Oeste de Estados Unidos, en realidad buena parte de las palmeras de la ciudad son importadas. Muchos de sus ejemplares y de sus variedades no nacieron en ella, sino que se fueron plantando durante los siglos XIX y, sobre todo, XX. De ahí que la vida útil de la mayor parte de ellas esté en sus últimos suspiros, y que la ciudad tenga que empezar a pensar en su futuro. El área de Los Ángeles consta de un millón de árboles, el parque forestal más grande de todas las ciudades del país (el de Nueva York, con menos extensión, es más denso). Pero según un exhaustivo análisis realizado durante 10 meses por la consultora Dudek, no hay planes para su gestión; tras presentarlo al ayuntamiento, se han empezado a tomar medidas.