Siguiendo el juicio al fiscal general del Estado, era obvio que había dos equipos, ‘hooligans’ incluidos
No soy abogada ni jueza ni política, ni alcanzo a entender todo lo que está pasando. No tengo juicio (nadie puede tenerlo) sobre una sentencia que no conocemos, pero aunque no entienda todo lo que pasa, sí puedo sentirlo. Y el sentimiento es fuerte e inequívoco: estoy triste. Triste como una niña triste, como cuando de pequeña no entendía algunas de las cosas que...
pasaban en mi familia, pero sabía que tocaba estar triste o contenta. En los asuntos importantes, como la política o el amor, la tristeza llega mucho antes que los abogados o el divorcio y es tan certera como ineludible, pues dice más que todo lo que se dirá después. Por eso creo que el análisis sentimental sobre lo que está pasando podría ser más certero que todo el cacareo político.
Me permito pues centrarme en el núcleo de mi tristeza, que estalla el pasado 20 de noviembre. No fue la condena a García Ortiz la razón de mi desconsuelo, no fue una posible injusticia lo que afligió mi corazón. Ya digo que sin sentencia es difícil juzgar lo que es justo. A mí, lo que me tumbó el ánimo es que, 50 años después de la muerte de Franco, todo el poder político y judicial de mi país se pusiera a confrontar sentimientos. Peor aún, que se pusieran a confrontar emociones. Hasta una niña sabe que si el poder empieza a disparar emociones a la cabeza un 20 de noviembre, toca estar triste.






