Un local convertido en destino gastronómico, entre el verde de los prados y el brillo de los tejados de pizarra del pueblo oscense de Chía
Detrás de la fachada de piedra se encuentra la historia de esta familia que se ha reconstruido en torno al restaurante. Ganaderos de toda la vida, cuando la normativa dispuso la prohibición de tener animales de granja dentro del casco urbano, se replantearon qué hacer con la nave y el pajar de las reses. Fue el padre, Juan Martín Ballarín, quien tuvo la primera idea. Según cue...
ntan sus hijas, pasó dos días sentado en el porche contando los coches que transitaban por la carretera situada justo delante de su casa, hasta convencerse de que pasaban suficientes como para abrir un restaurante y poder vivir de él. Con esa certeza en mente, contactó con un arquitecto para que plasmara su idea y la presentó a la familia. Aunque en un primer momento no lo vieron claro, el tiempo acabaría dándole la razón.
Tuvieron que pasar algunos años para que Begoña Martín, la mayor de las hijas, decidiera dar un paso adelante y dejar su trabajo en una oficina en Huesca para dedicarse a la cocina. Fue la primera ficha de un efecto dominó que acabó por colocar a sus hermanos, Judith y Juanjo, en la sala del local. Ninguno tenía formación previa, pero sí una dosis generosa de entusiasmo. Durante los primeros años, Begoña contó con la ayuda de su madre, que fue su principal apoyo entre fogones. “Mi madre cocinaba muy bien, así que me puse con ella”, recuerda. Poco a poco, fue experimentando con nuevas técnicas y matices para dar un aire distinto a los ingredientes y recetas tradicionales del valle de Benasque. Judith, por su parte, se puso al día para dar forma a una carta de vinos centrada en referencias de proximidad, muchas de ellas amparadas por la D.O. Somontano, que complementan los platos de la cocina.






