El primer ‘flotel’ de la historia, una mole de siete plantas con pistas de tenis, se inauguró en 1988 en medio del mar. Conoció el éxito. Hasta que todo se torció...
En 1959, un grupo de arquitectos japoneses firmó un documento titulado Manifiesto Metabolista, que era, con perdón, una ida de olla de proporciones planetarias: ciudades voladoras, megaestructuras que crecían como organismos vivos, cápsulas engarzadas en torres descomunales. Arquitectura como ciencia ficción pero en serio, y además formidable desde una perspectiva exclusivamente estética. Por allí pasaron grandes nombres: Arata Isozaki,
26/nakagin-sigue-en-pie-la-torre-que-se-construyo-para-ser-demolida-desafia-a-sus-creadores-hasta-ahora.html" data-link-track-dtm="">Kisho Kurokawa y, sobre todo, el jefe absoluto del cotarro, el patriarca moderno de la arquitectura japonesa: Kenzo Tange. El mismo que, en 1960, firmó uno de los planes urbanísticos más ambiciosos (y desquiciados) de todos los tiempos: el plan para la bahía de Tokio.
A ver. El plan de Tange era otra de esas fantasías colosales con estructuras gigantescas de hormigón flotando sobre el Mar del Japón como si fuesen mantarrayas tecnológicas, o ciudades-nave diseñadas para una civilización más decidida que la nuestra. Porque claro que sí, Kenzo, hay que tenerlos bien puestos para plantear algo así y defenderlo con cara seria. Sin embargo, el plan no se llevó a cabo por dos motivos bastante razonables:








