Acababan de bombardear Pearl Harbor y la decoradora neoyorquina Dorothy Draper trataba de hacerse a la idea de un mundo sin seda japonesa. En Europa, la guerra ya había forzado a muchos de sus colegas a cerrar sus negocios y, cuando una semana después del bombardeo se vio explicándole al New York Times cómo fabricar estores caseros con cinta adhesiva para evitar posibles ataques nocturnos, la madre del barroco moderno supo que también en Estados Unidos los años de rocalla, candelabros exuberantes y chintz inglés habían llegado a su final.

Pero entonces se obró el milagro. Carleton Varney, uno de los decoradores que trabajaban en su estudio, cuenta en el libro The Draper Touch cómo a finales de enero de 1942 se presentó en el despacho de su jefa una misteriosa mujer con los planos del proyecto que iba a solucionar todos sus problemas. Venía de parte de Joaquim Rolla, un empresario brasileño del mundo de los casinos. En un viaje que acababa de hacer a California para “estudiar el glamour”, a su jefe le había impresionado un hotel decorado por Draper y quería contratarla a toda costa para que decorara el que estaba construyendo él en Brasil: el Palácio Quitandinha haría historia como el hotel y casino más grande de toda Sudamérica. “¿Es una broma? ¡Hormigón armado pintado de marrón para que parezca madera!”, dijo uno de los ingenieros del equipo de Dorothy Draper al examinar el anteproyecto del edificio y ver que no solo era gigantesco, sino que mezclaba los elementos más diversos. “30.500 dólares”, calculó ella, y la cifra la convirtió en la decoradora con el encargo más caro del planeta hasta la fecha.