Tras unas largas y costosas obras, el hotel del Coronado, en la ciudad californiana de San Diego, sigue adelante con su legado, sus casi mil habitaciones y su millón de visitantes anuales

Si uno está sentado de espaldas al hotel del Coronado, observando el Pacífico, puede que ni siquiera recuerde que está en un hotel. Es más como si se tratara de un pequeño pueblo, casi mediterráneo, aunque en plena costa idílica de San Diego. Lo primero, al fondo, ommipresentes, esas vistas al mar. Después, una explanada de hierba verde, una piscina cargada de tumbonas, una pequeña hilera de restaurantes (la pizzería, la heladería, el japo de moda, la tienda de golosinas y caprichos, el pub). En las noches, un tipo con boina y grandes bigotes blancos canta versiones de Bowie, Cat Stevens y James Taylor; lleva en ese taburete desde 1994. Niños con conos chorreantes de chocolate, parejas engalanadas, amigas en shorts y sudadera, a la californiana. Pero si el visitante gira la cabeza, o si se ve reflejado en la foto del turista que ve la estampa desde el lado contrario, entenderá el especial encanto del lugar. Este no es un paseo marítimo más en San Diego. Es el mundo que rodea y del que se enorgullece este hotel de altos torreones rojos y ondeantes banderas que le hará pensar ¿de qué me suena…? Le suena de toda la vida.