Su diseño dio la vuelta al mundo, se expuso en el MoMA y Salvador Dalí se ofreció para decorar sus interiores. 70 años después de su construcción en Caracas, el futuro del polémico edificio permanece suspendido
Hay edificios que nacen con vocación de sistema. Aspiran a ser algo más que contenedores de actividad humana y se comportan como diagramas tridimensionales del mundo, máquinas ideológicas disfrazadas de hormigón. El Helicoide nació exactamente con esa ambición, quizá con demasiada....
Venezuela, años cincuenta. Con el dictador Pérez Jiménez al mando, el país rebosa gasolina, dólares y una forma muy específica de silencio cívico que podría confundirse con estabilidad política. El petróleo lo empapa todo. Hay dinero, hay velocidad, y con ambos, una fe casi sudorosa en la idea de que el futuro está garantizado y que cualquier intento de objeción se ahogará pisando el acelerador. Literalmente.
Ese ecosistema económico y político —y moral— se condensa en un proyecto tan sencillo en su gesto como desmesurado en sus consecuencias. Un centro comercial que solo se recorrería en coche. Sin bajarse y sin caminar. Sin abandonar el volante, no fuera a ser que el progreso se escapase por la puerta trasera. Así, el Helicoide se plantea como un único movimiento continuo. Una rampa. Un recorrido en espiral que rodea la Roca Tarpeya y se eleva sobre Caracas, convirtiendo el consumo en trayecto y la pendiente en sustituto del paseo urbano.






