El sector comenzó a hacerse un hueco hace más de 10 años de la mano de pequeños emprendedores, que creen que aún hay margen de crecimiento. El aroma a negocio empieza a atraer a empresas más grandes

Algo menos de una decena de personas hacen cola delante de la barra del Baburu Café un sábado por la mañana, y Óscar Alonso, el dueño, y su compañero se afanan en atenderlas. En cuanto despachan un pedido, un nuevo cliente se suma a la espera. “Yo creo que podría haber en Zamora dos o tres más, tranquilamente”, asegura sobre las cafeterías de café de especialidad como la suya, ya superados esos frenéticos minutos que, dice, no son lo habitual. “A lo mejor las abro yo”, comenta animado. Su local, el único en la ciudad de estas características, es una de las gotas de la ola que ha inundado las calles, sobre todo de las principales ciudades, en los últimos años. El sector, en general, aún ve margen para crecer, aunque también augura cierta corrección en un segmento en el que ya no solo se fijan pequeños emprendedores y amantes de este grano.

Para que el café pueda llevar el apellido “de especialidad” debe superar una puntuación de 80 en la escala de la Specialty Coffee Association, aunque es un concepto cada vez más relacionado también con la trazabilidad y la sostenibilidad. Y, dicen sus evangelistas, cuando se prueba no hay vuelta atrás. Todo esto, sumado al impulso de los mileniales y generaciones más jóvenes, cambios en el consumo y, entre otros aspectos, su a priori atractivo desde el punto de vista empresarial —por horarios o rentabilidad—, ha abonado el terreno para su proliferación. “Siempre que haya calidad y siempre que haya un proyecto serio detrás, no tiene por qué explotar”, cuenta por teléfono sobre este auge Yolanda Valero, que junto con su hermana Marian abrió Bluebell Coffee en Valencia en 2014, donde apuestan por mujeres productoras y tueste propio. “Aún hay mucho por abarcar. Todavía hay muchísimos lugares, la mayoría, donde el café que se sirve es de muy mala calidad”.