No basta con decir que se queda en el Starbucks de Gran Vía. Conviene precisar. La cadena tiene cinco establecimientos a lo largo de la arteria emblemática de Madrid. “Y todavía cabría alguno más. Hay negocio”, apunta Antonio Romero, director general de Starbucks en España, desde la tienda del número 46, mientras da un sorbo a un café con leche de avena. Una elección sencilla —de entre toda la oferta del menú—, coherente con el espíritu del plan de volver a las raíces, con el que la compañía busca cerrar un ciclo de estancamiento.

No es exagerado afirmar que hace unos años Starbucks enseñó a muchos españoles qué era un café de calidad. Incluso llegó a asociarse la marca con cierto refinamiento hipster. Hoy, ese subgrupo cultural se ha mudado a las cafeterías de estética industrial, con paredes de ladrillo visto, bombillas colgantes y pizarras manuscritas que han colonizado las grandes ciudades europeas. Sin embargo, la creciente competencia no inquieta a la compañía, asegura Romero. Al contrario: ve en la proliferación de cafeterías de especialidad un aliado que “educa al consumidor y eleva el listón”. “Todos esos locales familiarizan al cliente con el café de alta calidad, y nosotros tenemos el mejor del mundo. El público lo aprecia”.