Es casi una caricatura, pero en cierta manera el café representa el ethos estadounidense. Está el nervio, el chute que busca productividad, la oferta salvaje. En Starbucks, por ejemplo, puedes elegir granos de café de Guatemala, de Jamaica, de Sumatra, de Kenia, de Hawái y hasta uno especial con vistas a Navidad. Pero la libertad no es decidi...
r qué café tomar, debió de pensar Jaz Brisack durante el invierno de 2020, cuando cada helada madrugada abría el Starbucks de la avenida Elmwood de Buffalo, en el Estado de Nueva York.
Como tantos, Brisack se dedicaba a hacer cafés humeantes, a envolver muffins de color lavanda y sacar brillo a tazas inmensas. Pero su objetivo real era hacer un salting, esto es, infiltrarse en el trabajo y animar a sus colegas a sindicarse, ganándose su confianza y convenciéndoles —uno a uno— sobre la necesidad de lidiar por sus derechos. Una acción que ha de hacerse en los momentos de descanso, durante los cambios de turno o en la barra, entre capuchinos y expresos, y sin que ningún jefe se dé cuenta. Si no, te pueden despedir. Por eso, en la mañana de su entrevista de trabajo, Brisack era un manojo de nervios. “¿Es posible que Starbucks me contrate?, me preguntaba. Una búsqueda en Google y descubrirían que me dedicaba a la organización sindical, y mi tapadera se iría al traste”, escribe en su libro Get on the Job and Organize: Standing Up for a Better Workplace and a Better World (Ponte manos a la obra y organízate: lucha por un mejor lugar de trabajo y un mundo mejor, sin traducción en español, 2025), una lectura “imprescindible para cualquiera que se preocupe por combatir la desigualdad económica y salvar la democracia”, según Robert Reich, ex secretario de Trabajo de EE UU.







