La experiencia sensorial y la interacción personal es fundamental para contribuir a la satisfacción del cliente, pero cada vez más negocios cierran por el auge de las ventas ‘online’ y factores como la gentrificación. Ante eso, algunas tiendas físicas se focalizan en ofrecer experiencias

“El pequeño comercio es la sangre de los barrios”, aseguraba una pintada junto al taller de Alexandra Cánovas y Martaé Martínez. Ellas tienen una pequeña marca de ropa y accesorios (Las Culpass) que ofrece sus creaciones online y que, hasta hace poco, las vendía en el local donde las producen, en el barrio de La Fama de Murcia. Aunque estaban de acuerdo con la pintada, tras la pandemia decidieron no abrir a diario, y tenían claro que “el horario de atención al público es algo muy del pasado”. Así que Las Culpass solo abre como tienda una vez al mes: “Es cuando ...

damos el follón a nuestra clientela para avisarles de que hacemos jornada de puerta abiertas con algún motivo, como un lanzamiento o un evento”, explican.

Su caso no es una excepción. Los medios británicos llevan una década reflexionando sobre el declive en las high-streets: aquellas largas calles, llenas de tiendas y pubs, que animaban la vida social y comercial (o mágica, en el caso del Callejón Diagón) de cada pueblo o distrito. En Estados Unidos surgen voces, como la de la arquitecta y crítica Alexandra Lange, que proponen buscar usos alternativos para esos grandes centros comerciales que fueron imitados en todo el mundo, pero que ya no resultan atractivos para sus usuarios originales: los habitantes de los suburbios.