Cuando alguien sueña algo intenso, el cuerpo sigue sintiendo la emoción al despertar: se segregan cortisol y adrenalina como si hubiera ocurrido de verdad

Voy a comer con un amigo al que hace tiempo que no veo, cosa temeraria. Mi amigo me cuenta un problema. Desde la mañana su novia se comporta fría y desapasionada, como si él hubiese hecho algo terrible (pero él, insiste, no ha hecho nada malo). Desde que me dedico al periodismo, cada vez que alguien me dice que no ha hecho algo malo me pregunto qué es lo que entiende por malo. Porque a lo mejor no ha hecho nada malo para él, pero sí para la supervivencia de la especie. Mi amigo me cuenta, por fin, que su novia soñó que él le ponía los cuernos. Con pelos y señales, incluidos pub y amante (la ex del chico). “No me habla desde que se despertó, qué te parece”, dice. “Me parece bien, habrí...

a que verte a ti”.

Le cuento que, como nunca duermo profundamente, recuerdo siempre mis sueños y me costó años, y terapias, aprender a no pasar facturas del subconsciente en la vida real. Le digo que cualquier reacción apelando a lo racional (“¿tengo que defenderme de lo que hago en mis sueños?”) está destinada al fracaso y quién sabe si a la autoinculpación. Él no le da importancia. Intento rebajar su euforia: es cierto que no le ha engañado de manera consciente, pero al fin y al cabo le ha engañado, qué más da cómo. Ante semejante conmoción, las circunstancias importan poco.