Quizá lo que esperamos es la confirmación de que no estamos completamente solos en el interior de nuestra cabeza
Hay días en los que uno se levanta necesitando desesperadamente que ocurra algo bueno. Algo bueno, aunque se trate de algo bueno pequeño, de algo bueno normal, de algo bueno doméstico. Dios mío, si me sintonizas, envíame algo bueno. ¿Nos sintoniza Dios como sintonizamos nosotros una emisora de radio? ¿Mueve Dios un dial por el que un día escucha a Àngels Barceló y otro a Carlos Herrera? Ahí estoy yo también, en todo caso, pidiéndole algo, no un milagro, no una intervención grandiosa, sino un gesto, un guiño, un destello, una disculpa. Y me pregunto si la señal le llega distorsionada, como cuando las emisoras de radio se mezclan entre sí y no sabes si hablan a favor de Ucrania o en su contra.
Aun así, sigo pidiendo. Cuanto más ateo me vuelvo más pido, aunque sospeche que nadie se encuentra al otro lado. Porque uno pide incluso cuando sabe que es uno mismo quien debe conseguirse ese algo bueno. Permanecemos aferrados a aquella parte de la infancia en la que el mundo podía transformarse en un instante por la aparición de un regalo inesperado del Ratoncito Pérez, de una palabra de reconocimiento del profesor de Lengua, de la luz que entraba por la ventana el día de Reyes.






