Las casas reales no pasan por su mejor momento. Diferentes polémicas salpican a las de España, el Reino Unido, Bélgica, Holanda, Noruega y Dinamarca. Los medios ya no callan y la opinión pública es más severa
Cuando la justicia francesa acusó al infante Luis Fernando de Orleans y Borbón de tráfico de drogas, Alfonso XIII movió rápidamente sus hilos para que el escándalo protagonizado por su primo pasara lo más inadvertido posible. Corría el año 1924, la dictadura de
el-inventor-del-populismo-de-derechas.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/babelia/2023-01-27/primo-de-rivera-el-inventor-del-populismo-de-derechas.html" data-link-track-dtm="">Primo de Rivera apenas estaba comenzando, y el rey consiguió silenciar el asunto presionando a la prensa y haciendo desaparecer a su incómodo pariente. Luis Fernando, despojado de sus títulos y condenado al destierro, falleció en París en 1945, sumido en la pobreza y olvidado por el pueblo español. Ochenta años después de la muerte del infante, la Corona ya no tiene tan fácil esconder sus polémicas bajo las alfombras de palacio.
Juan Carlos I, nieto de Alfonso XIII, acaba de publicar sus memorias en Francia con la intención de, según sus palabras, reconciliarse con su pasado, su familia y España. Pero Reconciliación, que llegará a las librerías españolas en diciembre, no ha hecho más que reabrir viejas heridas. Las televisiones, los periódicos y digitales, las revistas y los streamers de las redes sociales especializados en monarquía llevan días diseccionando sin tapujos las cuestiones más espinosas del libro: el vínculo casi paternofilial que tuvo el monarca con Franco y su connivencia con la dictadura; su papel en el 23-F; su fortuna y sus finanzas opacas; sus relaciones extramatrimoniales; y hasta sus diferencias personales con Felipe VI y la reina Letizia.






