La expulsión del antiguo duque de York del círculo de la familia real tras años de escándalo por su relación con el pederasta Epstein no despeja las dudas sobre lo que sabían en palacio y si decidieron mirar hacia otro lado
Cuando el ciudadano anteriormente conocido como el príncipe Andrés de Inglaterra llegó al mundo, su madre estaba tan embelesada que le contó por carta a su prima que el pequeño era “tan adorable...”. “Va a estar terriblemente consentido por todos nosotros”, escribió casi proféticamente Isabel II, quien poco podía imaginar, en febrero de 1960, el alcance de su clarividencia. Trascu...
rridos 65 años, la cuestionable conducta de su tercer vástago y, según el consenso general en el Reino Unido, su ojito derecho, ha provocado un seísmo en la casa real británica, que trata todavía de contener una crisis que ha menoscabado seriamente su imagen y popularidad: en una encuesta reciente, el apoyo a la monarquía ha caído por debajo del 50%, diez puntos menos que en junio.
En una demostración de que la corona pesa más que los lazos de sangre, Carlos III formalizó esta semana la caída en el ostracismo de su hermano Andrés, con la firma de los documentos oficiales que le retiran todos los títulos, incluyendo el de príncipe, que recibió al nacer. Ahora solo será llamado Andrés Mountbatten Windsor. Además, el Congreso de Estados Unidos ha solicitado la comparecencia del exduque de York para aclarar sus vínculos con la red de Jeffrey Epstein, el magnate pedófilo condenado en 2006, que se suicidó en prisión en 2019 cuando esperaba un segundo juicio por abusar y traficar con menores. Un escándalo que ha perseguido a Andrés durante años y que es la razón de su destierro de la familia real.






