El país, anfitrión de la cumbre del clima de la ONU que se celebra en Belém, puerta de entrada al bajo Amazonas, refuerza su apuesta por los combustibles fósiles al autorizar la búsqueda de crudo en el delta amazónico. El debate en torno al petróleo y la oposición entre progreso económico y preservación medioambiental se ha enconado en la región.

En el delta del Amazonas, donde el río más caudaloso del mundo se encuentra con el Atlántico, las corrientes son endiabladas. Los vecinos de Sucuriju, una recóndita aldea de postal, resisten hace más de un siglo en un paisaje tan bello como hostil. Casitas de madera pintadas de colores intensos —­rojo, verde, amarillo, rosa…—, dos escuelas, una iglesia católica, un templo evangélico y un ambulatorio apoyados todos sobre...

pilotes a lo largo de una pasarela de madera que es la calle principal. Incrustada en la reserva natural del lago Piratuba (en el Estado de Amapá, Brasil), llegar hasta Sucuriju requiere estómago y paciencia para una larga travesía costeando en mar abierto por un litoral de manglares. Kilómetros y kilómetros de árboles con las raíces enmarañadas al aire, un tesoro de biodiversidad en la costa de la Amazonia.

“Para nosotros, el petróleo significa una luz al final del túnel”, explica Ozeas Maciel, de 45 años, presidente de la cofradía de pescadores y el piloto de lancha más avezado de la zona, mientras se mece en una hamaca a la espera de que amaine el calor abrasador. Solo entonces recobra la vida la aldea. “Sabemos que con el petróleo vendría una riqueza inmensa, una posibilidad de desarrollo, porque aquí no hay ninguna esperanza de tener una industria o buenos empleos”.