Cuando el capitalismo ya no puede crear nada nuevo, multiplica los sabores para mantener vivo el deseo, que nunca se colma. Ante la elección constante nos sentimos bloqueados y, más que fiesta, se transmite tristeza

Hubo un tiempo en que los televisores solo emitían por dos canales y las cosas eran de fresa, vainilla y chocolate. El mundo era sencillo y tirábamos p’alante. Entonces anhelábamos disponer de 40 canales de televisión por cable y franquicias de todo tipo de comida internacional que nos salvasen del aburrimiento ibérico del bistec con patatas y la trucha con beicon. Todo eso llegó. Pero hoy la cosa se ha ido de madre: caminando por la ciudad

que-nunca-llega-asi-compramos-para-para-construir-nuestra-identidad.html" data-link-track-dtm="">el abanico multicolor de las posibilidades del consumo, más que maravillarme, me abruma y me produce unas ganas irrefrenables de irme a casa a refugiarme bajo la manta.

El otro día me llevaron a un Starbucks y me marée ante la abundante oferta de lattes, frappés, chais y cold brews con todo tipo de toppins e ingredientes adicionales; en las hamburgueserías las hamburguesas ya contienen pulled pork, trufa, aguacate o kimchi; hay pizzas con bordes rellenos de queso y jalapeños; por no hablar de la incomprensible florescencia de los bubble tea o de los cachopos que contienen manitas de cerdo. En la heladería siempre me debato entre el helado de cocido madrileño con setas shiitake o el de muffin de cangrejo con salsa de Oreo [dramatización].