Las autoridades sanitarias habían conseguido contener la enfermedad con mosquiteras, insecticida y una red de trabajadores comunitarios. Pero los recortes de ayuda internacional ponen en riesgo la gestión sanitaria
Un niño cruza un camino convertido en un río en la ciudad senegalesa de Diourbel. En época seca, ese lugar suele ser una vía sin pavimentar, pero el terreno, de varios centenares de metros, está inundado desde agosto. Durante el día, se ven algunos mosquitos revoloteando sobre el agua estancada. Por la noche, el número se multiplica y, entre la nube de insectos, se esconden los de la especie Anopheles, que propagan la malaria, la enfermedad más mortal del mundo transmitida por un mosquito.
El pequeño se sujeta a una cuerda atada a una hilera de palos y avanza con los pies sumergidos en el agua. Se dirige hacia la orilla donde está la daara Cheikh Gueye Roukhou Kocci, una de las más grandes de la ciudad, en la que un millar de niños varones estudian el Corán. En esta escuela religiosa, los alumnos, llamados talibes, son senegaleses que viven en condiciones de pobreza, migrantes de países vecinos como Gambia o huérfanos. Algunos pasan la noche allí, en unas enormes habitaciones oscuras en las que se extiende una alfombra en la que duermen unos 20 o 30 menores. Sobre ellos, se extiende una enorme mosquitera impregnada con insecticida de larga duración que evita que entre junio y octubre, en época de lluvias en Senegal, los pequeños queden a merced de los mosquitos y del paludismo.






