La antigua Suazilandia apuesta por una estrategia regional, junto a sus vecinos Mozambique y Sudáfrica, para alejar esta dolencia, pero los movimientos de población, el cambio climático, los mosquitos ultrarresistentes y los recortes de fondos se lo pueden poner difícil
Una mujer con gesto abatido está sentada sobre una caja de madera, frente a la puerta de una casucha de ladrillos sin revocar y techo de hojalata, mientras su hija de 20 meses le busca el pecho, hambrienta y ajena al cansancio extremo de su madre, convertida en el primer caso de malaria en cuatro años en esta zona rural del norte de Esuatini. Patience, nombre ficticio elegido para este reportaje, su marido y la niña asisten, resignados, a un ajetreo inusual en torno a ellos.
Unas ocho personas del programa de vigilancia y prevención de la malaria del Ministerio de Salud de este pequeño país, situado entre Sudáfrica y Mozambique, se mueven con destreza en esta aldea donde la humedad y el calor se pegan a la piel. Pruebas de diagnóstico a toda la familia y a los vecinos en un radio de 500 metros, fumigación de casas y establos, poda de la vegetación para reducir las posibilidades de que haya mosquitos y distribución de información sobre qué hacer si alguien más presenta síntomas: el objetivo es prevenir un nuevo foco de casos en este país, que aspira a convertirse antes de 2030 en el primero del África subsahariana declarado libre de malaria.






