La Esquistosomiasis Genital Femenina afecta a unos 56 millones de mujeres en África subsahariana. Informar sobre ella, prevenirla y diagnosticarla a tiempo resulta clave para su eliminación
El sol aún no ha salido cuando las mujeres de Chanyanya comienzan a reunirse a lo largo del río Kafue, que serpentea como un hilo plateado bordeando la comunidad. Caminan despacio cargando cubos y cestas, listas para recoger la pesca del día. El aire es fresco y una ligera niebla cubre el paisaje. Algunas visten chaquetas viejas y gastadas, probablemente las únicas que tienen, porque en esta zona rural de Zambia la pobreza impera en lo cotidiano.
Cuando el sol asoma, los pescadores llegan en sus canoas con las redes llenas. Tilapia, lucio africano, pequeños bagres y besugos de río aletean en el fondo de las barcas. Son peces modestos, pero vitales para alimentar a la comunidad y sustentar su economía. Descalza y concentrada, Kateway Kasari se adentra en la orilla para revisar la pesca. A su alrededor, otras mujeres se inclinan sobre las barcas, con sus coloridos chitenges (paños de tela típicos utilizados a modo de falda) rozando el agua fangosa donde habitan los peligros invisibles.
Como miles de mujeres en Zambia, Kateway está expuesta sin saberlo a un parásito que penetra en la piel sana durante actividades tan rutinarias como pescar, lavar ropa o recoger agua. En áreas de pobreza y escaso saneamiento, la Esquistosomiasis Genital Femenina (FGS, por sus siglas en inglés) es una amenaza constante y silenciosa, una enfermedad tropical desatendida (ETD) que es la segunda dolencia parasitaria más peligrosa después de la malaria y afecta a unos 56 millones de mujeres en África subsahariana.






