El pasado mes de julio, una mujer llegó al Hospital Regional de Bay, en Somalia, cargando a dos de sus hijos enfermos de sarampión. El más pequeño, de dos años, murió poco después de ingresar en urgencias. Su hija, de 10, quedó hospitalizada en aislamiento. Cuando el personal médico le preguntó si tenía más niños enfermos en casa, la mujer asintió. Sin embargo, al vivir lejos de la carretera principal, solo había podido llevar consigo a los dos más graves.
Esta madre era de Buurhakaba, una ciudad a unos 60 kilómetros. El hospital de distrito había dejado de operar por los recortes de financiación de EE UU, y los pacientes tenían que recorrer largas distancias para recibir atención. “Estas situaciones les obligan a elegir incluso entre sus propios hijos”, explica a EL PAÍS, Yusra Shariff, coordinadora de asuntos humanitarios de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Somalia, quien conoció a esta madre durante una visita al hospital que apoya la ONG.
Su historia es solo un ejemplo del profundo impacto que han tenido en los últimos meses los abruptos recortes de financiación a la ayuda al desarrollo de EE UU, el principal donante humanitario de Somalia, pero también de otros países y actores internacionales.






