Junts no cuestiona ya su regreso al posibilismo. Al contrario, se queja de que sus demandas no tengan la respuesta esperada
La ruptura de Carles Puigdemont con el Gobierno es una impostura. Mientras que Junts no apoye en el Congreso una moción de censura contra Pedro Sánchez
de-la-ruptura-de-junts.html" data-link-track-dtm="">la legislatura seguirá vigente: el presidente tampoco ha mostrado mucha esperanza en aprobar unos nuevos Presupuestos del Estado. La duda es si la decisión del partido de Puigdemont servirá para frenar la sangría de votos hacia Aliança Catalana que prevén las encuestas, y la respuesta es que no tanto como desearía.
Era el riesgo de regresar a la gobernabilidad hace dos años: la frustración que dejaría abandonar el marco antisistema del 1 de Octubre. Puigdemont apostó fuerte enterrando el procés a cambio de la amnistía. Creyó que llevar a Sánchez al límite en cada votación serviría para disimular su conversión en la nueva Convergència y lo diferenciaría de la entregada ERC. Quizás pensó que bastaba con obtener cesiones de La Moncloa para aplacar el malestar tras el fracaso de 2017. El problema es que Puigdemont no contaba con la aparición de Aliança Catalana, que no participa de esas mismas lógicas. Su líder, Sílvia Orriols, reprocha ahora a los republicanos y a Junts que se hayan “vendido” a Madrid a cambio de su salvación judicial, y recupera además las mismas tesis fatalistas que auparon el procés, como que Cataluña no logrará nada sustancial participando en la gobernabilidad de España.







