El cansancio contemporáneo no es casual, es estructural; somos herederos de un sistema que necesita cuerpos extenuados
Desde la ventana, mientras fregaba los platos, vi algo moverse en el agua. Se agitaba con desesperación. Vivo cerca del Estrecho de Gibraltar, así que lo primero que pensé fue que era un hombre. Cogí una toalla y le dije a mi hija de tres años que nos íbamos a la playa. Mientras bajábamos a toda prisa, iba pensando en cómo sacarlo sola, en que un cuerpo al borde del ahogo puede hundirte con él. Recordé que en algunas zonas de Japón los socorristas, cuando no tienen otra opción, golpean la cabeza del ahogado para desmayarlo antes del rescate....
Pero no era un hombre. Era un buitre. Unos pescadores me dijeron que llevaba dos horas luchando contra la corriente. Por fin lograron sacarlo con una red.
Ya en tierra, me impresionó su forma de ángel caído: las alas enormes plegadas sobre el cuerpo, como omóplatos desterrados del paraíso. El animal estaba aterido, tiritaba, y desde el pico le caía un hilo de baba espesa, mezcla de bilis y jugos gástricos que los buitres usan para eliminar bacterias. Sabía que ese ácido, inocuo para ellos, es corrosivo para la piel humana. Le eché la toalla por encima. Un ser hecho para los aires recién salido del mar. Mientras me fijaba en su temblor pensé que aquel buitre no había caído del cielo, sino del desastre de nuestro tiempo. También nosotros, desde el privilegio del primer mundo, nos estamos ahogando en un medio que ya no nos pertenece. Intentamos batir las alas contra un peso invisible: el cansancio, la burocratización de cada gesto.






