Seis años después de la muerte de Santos Juliá, sus análisis siguen sirviendo para entender las dinámicas del presente

En un pasado, más o menos reciente, los mensajes políticos no llegaban a todos los que tienen que votar. O solo llegaban en momentos muy concretos, cuando los candidatos se acercaban a los rincones más agrestes, remotos y olvidados durante las campañas electorales. Ahora no. Ahora cada uno tiene su móvil, incluso en los parajes más apartad...

os del barullo en el que se cuecen los propósitos de los partidos. Es verdad que la radio y la televisión dieron grandes pasos para acercar las tensiones y los avatares del mundo a quienes habitan en la periferia del sistema, pero ahora con los móviles cada persona es el centro alrededor del que pivota todo lo demás. En cada móvil está la realidad entera a gusto de su propietario.

Esto es lo que ha ocurrido de manera acelerada, pongamos que en los últimos seis años, el tiempo en que nos falta Santos Juliá, que murió el 23 de octubre de 2019. Hace unos meses el historiador regresó a las librerías de la mano de Miguel Martorell y Javier Moreno Luzón con una exhaustiva selección de los artículos que publicó en este periódico reunida en Nunca son inocentes las palabras (Galaxia Gutenberg). Sus diagnósticos y observaciones siguen sirviendo y ayudan a entender cuanto sucede hoy: la corrupción, las convulsiones de las luchas partidistas, las tensiones territoriales, la relación con Europa, el uso de la memoria, las maneras diversas de ejercer el liderazgo y, si quieren afinar, incluso el horror de la guerra en Gaza. El Gobierno de Israel, escribe en 2002, “está más que poseído por la doctrina del desprecio: a sus ojos, la vida de los palestinos —hombres, mujeres, niños, inocentes o culpables, armados o inermes— no vale nada. Todos son lo mismo: terroristas o cómplices de terroristas. Su condición humana les ha sido arrebatada hasta su última raíz, el derecho a su tierra, a sus casas. Una vez desposeídos, no les queda más que una salida: la fuga, el exilio”.