Las fotografías de Christopher Anderson al equipo de Trump para ‘Vanity Fair’ ejemplifican cómo narrar hoy

He vivido un 2025 bastante depresivo con el asunto del periodismo. Sentía que nadie leía nada sobre el oficio. Iba en bus y en metro por Barcelona y a mi alrededor solo veía caras mirando a otras caras vendiéndoles ideas y cosas en la teletienda de Instagram. Los chats de mis grupos de conocidos ya no compartían enlaces a noticias con el vigor del pasado. Para qué indignarse más. Toda comunicación se reducía a

t="_self" rel="" title="https://elpais.com/opinion/2025-04-29/ni-los-videos-de-perritos-nos-salvaran.html" data-link-track-dtm="">memes de evasión y bromas para aliviar el estrés. Para no amargar más a la gente, he ido guardando un luto silencioso y resignado por el gremio: me decepcionaba comprobar cómo quedaban escondidos y sin apenas repercusión reportajes de investigación de primer nivel, con compañeras y compañeros trabajando durante meses, comprobando cada dato, cuestionando cada declaración. Trabajos cruciales que se evaporaban, silenciados entre anuncios segmentados y slops, que es como se llama ahora a la basura de las redes. En verano, me pregunté que más tenía que pasar en Gaza, qué nos tenía que llegar para que cambiara algo en la Franja. Las noticias seguían ahí, pero en las redes nadie parecía prestar atención… menos cuando se hacían columnas o posts sobre cómo una influencer reaccionaria nos decía por qué leer no nos hace mejor personas. ¿De qué sirve currarse algo si luego llega una Pombo, abre la boca y te jode el scoop?