En una entrevista que le hicieron hace ya años, el legendario periodista estadounidense Gay Talese contaba que cuando ya había reunido el material suficiente sobre el asunto o el personaje del que iba a ocuparse, empezaba a escribir su texto en una máquina eléctrica con letras mayúsculas y a triple espacio e iba imprimiendo las páginas que le resultaban satisfactorias. Las pegaba entonces a una pared con un alfiler —tenía cuatro o cinco paneles de poliestireno para hacerlo, comentaba— hasta que llegaba a tener un montón de ellas colocadas en orden. Luego se sentaba al otro lado de la habitación, cogía unos prismáticos y empezaba a leer. Quería ver su material “con ojos frescos, como si otra persona lo hubiera escrito”.

Si cada periodista siguiera ese descabellado ritual en una Redacción, el resultado sería previsible: no terminarían nunca de estar listas las piezas, se publicarían las noticias con retraso, el atasco sería monumental, un desastre. Algo hay, de todas formas, que convendría rescatar del procedimiento que seguía Talese con sus materiales. Y eso, claro, tomándose lo que dice con ese descreimiento radical que es condición imprescindible para abordar las toneladas de mitología bajo las que empieza a estar ya sepultado el nuevo periodismo. Es posible que Talese se lo inventara todo, pero ese escéptico distanciamiento debería recomendarse en cualquier manual elemental que dé pistas sobre cómo desempeñar este oficio. Tómese el tiempo necesario, trabaje con rigor sobre los hechos que lo ocupan, váyales dando forma. Y luego acérquese a lo que ha empezado a escribir como si aquello fuera la obra de un extraño.