El periódico se ha convertido en la triste metáfora de los nuevos Estados Unidos de Trump. Y también, un poco, de la prensa actual

El papel está amarillento y no huele ni a viejo ni a antiguo: huele a Historia. Son los ejemplares originales de The Washington Post de aquel agosto de 1974 en que el periodismo cambió para siempre. “Nixon Resigns”, titulaba el Post en primera para cerrar el caso más romántico de la prensa contemporánea, uno de los mayores mitos del contrapoder de la prensa libre: la tenaz investigac...

ión iniciada dos años antes por dos jóvenes reporteros que rondaban los 30 años, Bob Woodward y Carl Bernstein, destapaba una pestilente operación de sabotaje y espionaje de la Casa Blanca a sus adversarios demócratas y terminaba con la dimisión del presidente de Estados Unidos.

Hace una década compré aquellos ejemplares, por puro fetichismo, a un tipo del Estado de Georgia. Los vendía en eBay por 75 dólares, pero para mí no tenían precio. A los 13 años, había leído La vida de un periodista, de Ben Bradlee, las memorias del hombre que dirigió el Post durante el caso Watergate. Por ese libro me hice periodista. La mitomanía —algo enfermiza, un punto obsesiva— fue creciendo en mí: la fascinación ante la inextricable película Todos los hombres del presidente, el acopio de los grandes libros de la saga, todos los artículos de Post sobre el caso, descargados uno a uno de su web en copiapega sobre un documento de Word y encuadernadas en gusanillo sus 329 páginas. Superman ya no era periodista, vale, pero el mito del Watergate seguía ahí, reluciente y con su venerable pátina de polvo, en una vitrina de la memoria.