Ante una situación nacional adversa para su partido, el presidente ha encontrado una fuente de oportunidad abrazándose a un nuevo activismo internacional

En el actual escenario político, cada vez más acelerado, resulta difícil ubicarse con claridad. Lo que sí salta a la vista es que las políticas nacionales se ven cada vez más influidas por acontecimientos que trascienden nuestras fronteras. Esto viene ya de mucho antes, pero la estruendosa irrupción de Trump nos ha obligado —¡al fin!— a tomar conciencia de algo ya evidente: la tan espinosa como inevitable red de

ml" data-link-track-dtm="">interdependencias externas que enhebran nuestra política y es ya ineludible enfrentar de cara. Llamémoslo “política-mundo” en contraste con el localismo habitual de lo político, siempre más atento a lo cercano.

En nuestro país, la aparición de este nuevo eje se ha traducido en un curioso cambio en los discursos y las fuentes de confrontación, aunque por ahora solo parece tener un beneficiario claro, Pedro Sánchez. Ante una situación política nacional empantanada en los conflictos habituales y por dinámicas adversas para su partido, el presidente ha encontrado una fuente de oportunidad para revertir esta tendencia abrazándose a un nuevo activismo internacional. Ha construido un perfil político de proyección mundial erigiéndose en némesis de Trump y en referente de un nuevo “progresismo global”. Es una muestra más de algo que no puede negársele, su instinto para reinventarse en función de las circunstancias y para detectar las debilidades de sus adversarios. Mientras él se ajusta el traje cosmopolita, sus aliados de izquierda siguen presos del progresismo parroquial de los “pueblos de España” y el PP ignora cómo emanciparse del rancio aroma a nacionalismo neofranquista que le imprime su potencial e inevitable socio.