Las dos regiones dan pasos de acercamiento, pero en un contexto cada vez más desfavorable a una cooperación necesaria. Se debería haber actuado antes
El mundo está cambiando, poca duda cabe, pero para algunos mucho más que para otros. Hay países que siempre estuvieron totalmente expuestos al riesgo del ataque por la fuerza bruta, de la coerción indisimulada, de las arbitrariedades de un orden con reglas estrictas para unos y flexibles para otros. Para algunos, en cambio, el giro actual es una caída del Jardín del Edén de la tranquilidad —los europeos— o una renovada exposición a intervenciones e interferencias que habían quedado adormecidas en las últimas décadas —los latinoamericanos—.
Los europeos bregan ahora, a la vez, con un asalto armado —Rusia— y con una disposición sin contemplaciones al abuso —de EE UU—. Latinoamérica lidia ahora con unos EE UU que afirman de forma explícita querer restaurar su preeminencia hemisférica, y recurren para ello a mecanismos de clamorosa interferencia —rescate a Milei, arancelazo a Brasil para que no encarcele a Bolsonaro— o intervención —Venezuela—. La asfixia petrolera a Cuba es otro paso, y cabe intuir que más vendrá, sea con un renovado interés abusivo por el canal de Panamá o con otros objetivos que puedan ser interpretados como éxitos que contrarresten la sangría de apoyo interno de Trump. Tras algunas décadas de relativa contención de EE UU, el reloj parece retroceder a los tiempos oscurísimos de golpes, intervenciones armadas, interferencias descaradas, como en el Chile de Allende, en Panamá o Granada, y en tantas otras circunstancias.






