La desesperación de los ciudadanos franceses frente al caos político se convierte en el mejor combustible para la ultraderecha

Si una imagen pudiera capturar el estado de ánimo de los franceses ante la inextricable crisis política desencadenada por su presidente, Emmanuel Macron, esa bien podría ser El desesperado de Courbet. El icónico autorretrato ha regresado a Francia este martes tras 20 años fuera del país, prestado por Qatar al Museo de Orsay, en un momento en el que su simbolismo resuena irónicamente con el sentir de la población. Sin embargo, hay alguien a quien la peor crisis de la V República parece no haberle arrebatado la sonrisa, ni siquiera después de que su moción de censura contra el Gobierno fracasara este jueves, y que hace tan solo unas semanas acudía tan pancha a su cita en Matignon con el primer ministro, Sébastien Lecornu, acompañada por un gato recién nacido metido en un transportín. Una persona que, como explican los analistas políticos en las tertulias, usando una expresión proveniente de Estados Unidos, está literalmente “viviendo su mejor vida” con la crisis actual. Hablamos, obviamente, de Marine Le Pen. ¿Cómo reprochárselo? Sin tener que hacer nada prácticamente, y como si su condena judicial por haber desviado 4,1 millones de euros del Parlamento Europeo no tuviera el mínimo impacto sobre sus votantes, el partido de Le Pen lidera ampliamente las encuestas de opinión, con un 35% de intención de voto tanto en unas legislativas como en unas presidenciales y con una proyección de escaños en la Asamblea Nacional que le haría pasar, en el peor de los casos, de 140 a 200 diputados.