El asalto al museo hace una semana, facilitado por los fallos en la seguridad y una instalación enorme y envejecida, se ha convertido en la metáfora del momento que atraviesa el país

Francia se ha acostumbrado a vivir catástrofes profundas provocadas por accidentes fugaces. Una desastrosa disolución de la Asamblea Nacional poco después de una derrota, un primer ministro de apenas 836 minutos o un asalto dramático a su gran museo de apenas 420 segundos. Este último, el que terminó hace una semana y concluyó con el robo de las joyas de Napoleón, valoradas en unos 88 millones de euros, quizá sea un nítido resumen de la sensación de des...

composición que atraviesa al país desde hace algún tiempo. También la de su presidente, Emmanuel Macron, empeñado en ligar su suerte a la de la pinacoteca desde que accedió al cargo.

Francia sigue sin explicarse una semana después cuántos elementos pudieron fallar para que cuatro asaltantes se introdujeran en la galería Apolo del Louvre armados con simples radiales y se llevaran las joyas a plena luz del día. Un conjunto de 8.700 diamantes, 34 zafiros, 38 esmeraldas y más de 200 perlas, síntesis de siglos de historia política francesa que, salvo milagro, están condenadas ahora al despiece. Las joyas no han aparecido y la esperanza cada vez es menor.