El robo en la pinacoteca parisina, que se une a una larga historia de sustracciones, demuestra que tiene medidas insuficientes de seguridad
Uno de los momentos más sensibles para la seguridad de un museo es cuando se están haciendo obras o en aquellas exposiciones abarrotadas de público y no hay que olvidar que el Louvre es el museo más visitado del mundo. Vivimos en una época en la que lo inimaginable es posible. Y el Louvre ha fallado en algo esencial: leer el tiempo en el que vive, una época en la que nada se puede dar por supuesto. Las colecciones no están a salvo. La Policía Nacional cuando lleva una obra en España y hace una parada, en un restaurante o similar, coloca el vehículo frente a la ventana. Es la forma de no perder de vista nunca el arte que transporta. La responsabilidad es enorme. Y se comunican por WhatsApp a ciertas horas establecidas: si no hay contestación, se sabe que hay problemas.
Ahora el Louvre, que está a punto de lanzarse a una compleja remodelación, ha perdido (esperemos que momentáneamente) nueve piezas de las colecciones imperiales. Tres o cuatro hombres encapuchados han sustraído, entre las 9:30 y 9:40 horas de este domingo, nueve joyas, de las que luego se recuperó una, según el fiscal de París.















