El asalto al Louvre da la imagen de un país consciente de sus problemas, pero incapaz de solucionarlos, paralizado bajo el segundo mandato de Macron
Los museos son mucho más que lugares en los que se exponen obras de arte. Su poder simbólico es enorme. Cuando estalló la Guerra Civil española, los cuadros del Museo del Prado fueron evacuados y acabaron en Ginebra, en la Sociedad de Naciones, que los devolvió acabado el conflicto. Durante la Segunda Guerra Mundial,
el="" data-link-track-dtm="">Rosa Valland, conservadora del Jeu de Paume, que entonces atesoraba a los impresionistas, se dedicó a inventariar las obras robadas para que pudiesen ser localizadas tras la derrota de los nazis. Su hazaña inspiró la película El tren, una obra maestra de John Frankenheimer, que relata cómo los trabajadores de los ferrocarriles franceses se coordinaron para impedir que un convoy cargado de obras de arte saliese del país hacia Alemania. Para ellos, evitar ese robo masivo de arte era salvar la memoria de un país que estaba sometido al yugo del nazismo y a la inmundicia de la colaboración.
Tras reconocer los obvios fallos de seguridad en el Louvre, el ministro de Justicia francés, Gerald Darmanin, señaló este lunes que el asalto “da una imagen lamentable de Francia”. “Pudieron aparcar un camión con una escalera de mudanzas en mitad de París, subir y en unos pocos minutos robar joyas de valor incalculable”, explicó para describir el robo que tuvo lugar el domingo por la mañana cuando cuatro individuos dieron el golpe del siglo en el museo, a plena luz del día, en uno de los lugares que reciben más turistas del mundo.












